
Aprovechando cierta descompresión horaria por vacaciones de invierno, acometí la empresa de realizar un trámite, varias veces postergado, en el Ministerio de Salud Pública de la Nación.
Lo cierto es que la dilación se debió a una suerte de fobia que me ocurre invariablemente cuando debo encarar estas “misiones imposibles”.
Matemáticamente, llego mas tarde de lo que seria aconsejable; llevo menos documentación de la requerida; me desaparecen documentos exigibles; la valija es incómoda y pesa demasiado; no me alcanzan las manos y me pongo sumamente torpe.
Algo me desorganiza, me angustia, al recorrer esos pasillos iluminados artificialmente, esos edificios mil y una vez refaccionados, donde los entrepisos cortan las ventanas y las puertas en partes útiles e inútiles, tronchan caminos,.generan escondrijos, laberintos y “cule de sacs.”
El olor de las comidas que se trasportan a las oficinas en esos carromatos ruidosos, los empleados trabajando en cubículos casi carcelarios y el invariable color gris desteñido y sucio de las paredes, me provocan un estado de ánimo rayano en el terror.
Puede que haya colaborado en esta especie de neurosis burocrática el hecho de que por allá por 1969, habiendo muerto súbitamente mi padre, tuve que ir al ministerio de Salud Publica entonces ubicado frente a la Plaza de Mayo a retirar sus pertenencias de su escritorio que yacía silencioso, solitario e inerte en ya no recuerdo que piso de la Dirección Nacional de Lucha Antileprosa.
Cuando días pasados, volví a circular por los pasillos del actual ministerio, que ahora funciona en el que fuera de Obras Públicas, descubrí la misma arquitectura, las mismas puertas lustradas, las mismos herrajes plateados al estilo de la década del 40 y 50.
Me preguntaba qué destino tendrán hoy aquellas oficinas que una vez sirvieron a programas y funciones especificas .Aquel edificio, seguramente habrá sido diseñado según un organigrama al que hoy, por supuesto, ya no responde en absoluto.
A dónde habrá ido a parar la pasión y el anhelo de una Argentina grande que seguramente animaba a los espíritus de aquellos funcionarios que hoy parecen circular como fantasmas por pasillos vacíos y oficinas inútiles.
La sensación es que la burocracia, como un mal endémico, se apoderó del edificio y de las mentes de sus ocupantes.
Solo se sellan documentos, se extienden certificados, se cobran timbrados.
Se archivan y archivan papeles en la época en que todo es cibernético, se completan a mano formularios que deberían completarse virtualmente, se justifican ventanillas de atención con empleados ilusorios que atienden alternativamente unas y otras.
Mi desazón crece cada vez que me anuncian que debo trasladarme a otro edificio para conseguir un documento más.
Comienza una caminata pesada, tediosa, abrumadora, con el temor de que el tiempo no alcance, de que deba volver otro día cosa que casi inexorablemente, pasa.
En esta ocasión llegue al borde de mis defensas al observar un tablero que seguramente perteneció a un antiguo ascensor hoy inexistente sobre lo que fuera su cabina con una botonera de bronce deslucida y sin luces, detrás de un pantalla de televisión que emitía la señal del canal oficial, mientras en un costado, las personas hacíamos la cola para subir a las oficinas por los elevadores habilitados.
El hueco del ascensor, que probablemente fuera el utilizado en otros tiempos por los funcionarios, inhabilitado, vacío, reducido a partes salvadas de un desguace, me remitió inevitablemente a una dolorosa visión de mi patria.
Creo que detrás de las alusiones “kafkaianas” de mi relato, de algo de las obras de Narciso Ibáñez Menta que aterrorizaron mis sueños infantiles y además de las reminiscencias de Israfel y aquellas puertas inconducentes que Alfredo Alcon golpeaba hasta sangrar en el personaje de Poe, está esa patria mía, amada y destruida.,la de los sueños de mi padre que amaba a Albert Schweitzer y creía en la medicina sanitaria; de mis abuelos inmigrantes que esperaban encontrar la luz de la esperanza en este territorio virgen del dolor de las guerra, y el penar de miles y miles de almas dolientes y desesperadas cuyos reclamos nadie escucha.
Esta de más decir que debo volver la próxima semana.
Mientras hacia una de las interminables colas, una joven medica que por primera vez recorría el “laberinto del terror”, se paró a mi lado.
Le pregunté si alguna vez había oído hablar del” Tramite del arbolito”-
Demasiado joven, respondió con mirada sorprendida y como buscando en sus registros -No para nada-
Mirándola con ternura a los ojos, le sugerí que le preguntase a tus padres.
Igual, continué diciéndole, que se trataba de un sketch televisivo tan brillante donde a alguien que quería plantar un árbol, se presentaba ante un funcionario público que le solicitaba los más insólitos requisitos como por ejemplo el certificado de vacuna antivariólica, para, finalmente comunicarle que debía volver la semana siguiente.
Cada semana, en el programa emitido, volvía con su pequeño retoño sin plantar y se iba sin el debido permiso con un nuevo y ridículo requisito.
En mi caso, el documento faltante fue el certificado de ética profesional
Mientras lo tramitaba, un señor elegante, de cabello entrecano, con sobretodo de pelo de camello, le anunciaba a un ordenanza somnoliento: M voy a mi oficina a leer el diario. Si alguien pregunta por mí, decile que no estoy.

María Elena:
ResponderSuprimirEsto de la neurosis burocratica, como vos muy bien definiste en tu relato, pasa aún en las oficinas mas modernas, en las cuales ni siquiera te atienden empleados que vos podes ver, son maquinas con las cuales hablas y que no te dan una respuesta ni siquiera aproximada de cuando te van a solucionar el problema, realmente salis
del lugar con una total y absoluta impotencia.
Un cariño.
Liliana López